sábado, 29 de abril de 2017

13 reasons why

“13 reasons why” sea quizá, con permiso de “Iron Fist”, la serie más comentada de la temporada de Netflix. Con tantos detractores como acérrimos fans, resulta casi imposible no toparse con algún spoiler de la trama de los 13 capítulos que componen la primera, y hasta ahora así parecía, única temporada.
La premisa es tan sobrecogedora como simple de explicar: una joven de un instituto norteamericano ha tomado la decisión de suicidarse a causa del acoso al que ha sido sometida por sus compañeros, y ha grabado siete cintas de casete con los motivos que le han llevada a tomar esta decisión. Hasta aquí, la trama de la serie; a partir de aquí, la cosa se complica.

Cuando uno empieza a ver “13 reasons why” lo hace con plena conciencia de que lo que le ha ocurrido a Hannah Baker es un drama difícil de digerir. Aun así, los espectadores se sumergen vorazmente cada uno de los episodios en los que se plasma una tragedia de la que son víctima millones de adolescentes en todo el mundo, o matizando, de chicas adolescentes en todo el mundo.

El bullying al que Hannah es sometida no es más que el sempiterno acoso machista y despiadado que la sociedad impone a las mujeres, y es aquí donde a la serie se la puede calificar de “necesaria”, porque pone de relevancia una realidad cotidiana a la que parece que no le estamos prestando suficiente atención, como es el hecho de que el machismo inunda las escuelas y no parece que nadie quiere hacer nada por evitarlo. Si la serie incita o no al suicidio, es algo que deberán decidir psicólogos y terapeutas.

Que a Hannah la acosan por el mero hecho de ser mujer es algo que todos sabemos desde el primer episodio y asumimos pensando “Vamos, tú eres mucho más fuerte que todo esto, aquí hay algo que no me están contando”, y así la serie ya ha conseguido su propósito: que no te levantes del sofá hasta escuchar las 13 razones y, por extensión, conozcas a las 13 personas, que han hecho de la vida de esta adolescente un infierno. Por si eso no fuera suficiente, todos queremos saber qué tiene que ver el bueno de Clay Jensen con todo este asunto.

Cada episodio se centra en una de estas personas conforme Jensen va escuchando las cintas, y, aunque en general la serie está bien conseguida y da la impresión de haberse hecho con mucho cuidado, aquí es donde el argumento empieza a chirriar: cada uno de los implicados en la trama sabe exactamente en qué momento de las cintas se encuentra éste para poder centrar sus comentarios en lo que ha ocurrido en ese preciso momento de la historia.

Todos parecen obviar el hecho de que en la cinta número 6 tiene lugar el suceso que cambia la vida de Hannah, sin el cual jamás habría tomado la decisión de suicidarse y que nadie menciona, porque, claro, aún no hemos llegado a al episodio 12 y no le podemos destripar la serie a los espectadores.

Esto responde a la narración lineal de un producto de televisión, pero que nada tiene que ver con la forma en que transcurren las cosas fuera de la pantalla, porque a quién demonios le importa lo que haya hecho la petarda de Courtney Crimsen si se ha escuchado todas las cintas y sabe que lo que desencadena el fatal desenlace es mucho más dramático que cualquier malentendido lésbico. Una vez que uno conoce el final, se olvida de todo lo que ha ocurrido hasta entonces y no puede por más que pensar que a lo mejor Hannah se habría suicidado aunque hubiera sido la chica más popular del instituto.

Además, la serie tiene otro gran problema: los secundarios, que en muchas ocasiones son personajes insustanciales que han sido introducidos en la historia porque había que rellenar los 670 minutos de los que se compone la serie: Courtney Crimsen, homófoba de padres homosexuales que tiene menos carisma que el bolso de Hello Kitty en el que lleva su desayuno; Marcus Cole, un personaje anodino sin ningún tipo de peso en la historia, más allá de dar paso a Zach Dempsey, que la verdad es que tampoco pinta mucho; Sheri Holland, la animadora que pasa sin pena ni gloria aunque al final la lía bastante; Ryan Shaver, un trepa al que le dedican un episodio entero que no tiene ni pies ni cabeza.

Y  por último, Tyler Down, cuyo papel de stalker en toda esta historia no se sostiene del todo porque, por mucha grima que dé el chico (que la da), no tiene sentido que todo el mundo le deteste, pero nadie siquiera mencione las caras 9 y 12 de las cintas, con su consecuente y abyecto protagonista.

Puede que el papel de Down en realidad sólo esté ahí para recordarnos que todos somos unos voyeurs de la historia de Hannah Baker, que aun sabiendo que al final se corta las venas con una cuchilla de afeitar, somos capaces de ver, probablemente del tirón, los 13 episodios en los que narra cómo su vida se convirtió en algo insoportable, quizá desviando la mirada en las escenas clave, porque hay momentos en los que preferimos ser sólo espectadores y estos dos momentos nos hacen sentir cómplices de una historia que hemos vivido desde el principio pensando que se podría haber evitado.

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